Tengo un cofre de fantasías que guardo con celo en mi ropa interior. Lo tengo desde niña, pero no recuerdo cuándo apareció por primera vez. Estimo que cuando tenía muchas ganas de llorar, cuando familiares se fueron muriendo o cuando nos despedimos de todo lo conocido para empezar de nuevo.
En fin, cada vez que algo
andaba mal- fuera consciente o no- él tomaba algún acontecimiento azaroso
y me regalaba una fantasía.
Reconozco que me ha dado
muchas satisfacciones, pero también muchos disgustos, como el amor mismo.
Antes solía
hablarme por las noches. Pero ahora, se le ha dado por iniciar charlas
interminables por las tardes. Entonces, de pronto, voy manejando y comienza con prolegómenos sobre lo que podría ser en otros mundos posibles y
me provoca para que lo saque de mi corpiño y lo abra. Claro que yo lo miro
desconfiada, porque en el fondo sé que suele llevarme a la cima de la felicidad, o arrojarme en los abismos.
El problema es que de tanto insistir, termina convenciéndome. Y claro, si estoy en piloto automático, en modo blanco y negro todo el día ¿Cómo no seducirme con sus matices de unicornio?
Procede siempre de la misma manera: todo comienza cuando apunta y señala un suceso desapercibido para el resto del mundo, y como me conoce de sobra, busca siempre la complicidad. -¡Chist, chist...! Mirá. ¿Qué fue lo que dijo? Ahh,... viste. Te lo dije. Seguro que... - Y de pronto, esos sucesos señalados tienen el poder de construir una nueva fantasía.
Al principio ellas son como un
poroto blanco e inofensivo, tierno e inocente que inmediatamente guarda celoso
dentro de él y por supuesto vuelven a mi ropa interior.
Por supuesto que no habría problema si se quedaran ahí, pero una vez creadas, como "Jack y
las habichuelas", el muy hijo de su madre saca una en los momentos más inoportunos para hacerlas crecer descomunalmente.
Entonces por ejemplo, una tarde salgo a caminar, se abre y aparece una y: ¡pum!... se
planta una fantasía. Claro que al principio es pequeñita, pero con cada
paso que doy crece y crece al punto de convertirse en una de estas
señoras que caminan con sus perros en sentido contrario al mío.
La verdad es que, mientras cualquier otro podría empujarlas a la calle- en el paseo circulan autos a gran velocidad- y que "todo parezca un accidente", en realidad termino por escucharlas, como persona atenta y empática que soy, porque muy en el fondo las extraño, y aunque algunas pueden ser personajes jodidos, confieso que la gente jodida a veces suele caerme simpática.
También hay otras, las buenas, esas son las que crecen convencionalmente
correctas, tienen un fin, y cuando lo cumplen, simplemente explotan y
desaparecen. Esas son las que traen paz. Pero estas, estas bastardas, no.
Aparecen de la misma forma, pero se multiplican con las horas y los días. Son
como parásitos. Como los conejitos de Cortázar, perversos como
ellos.
Y bueno... acá estamos, caminando
otra vez con una de ellas. Me mira y me señala un auto o un color, y ¡pum!
aparece otra. Chiquita al principio. Entonces las dos se agarran de la mano y
me persiguen.
Hoy subí al auto y quise
taparme los ojos. ¡Somos tantas que no entramos! Me siento ahogada. Me falta el
aire. Trato de abrir la ventanilla y sacar la cabeza, pero una nueva se acomoda debajo de mis pies y presiona el acelerador. Creo
que voy a morir pronto si no tiro mi cofre, si no las tiro del auto, si no las
ahogo en el río. ¡Son ellas o yo!... y de pronto me calmo. Pienso en frío en medio
de la escena caótica: ¡sí, sí! ¡Las puedo asesinar! ¡Claro que sí!!!!...
¿pero quién soy yo sin ellas?
Entonces, tomo el celular como puedo... y con violencia al fin logro escribir en mis notas:
"Tengo un cofre de fantasías que guardo con celo entre mi ropa interior..."
Y todas
desaparecen.
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